Ella
llegó y se sentó donde siempre, en una esquinita de la barra en aquel Bar
pequeñito de aquel Pueblito olvidado. Solía hacerlo para matar el aburrimiento,
para ver lo que hacían los demás, para olvidarse del día. Siempre
llegaba, se sentaba y observaba. A veces hablaba con el bartender o con quien
le pusiera conversación pero siempre sentada allí, en la esquinita aquella.
Esa
noche fría se sentía más sola de lo normal. Pidió lo de siempre, una copa de
vino tinto. Ella era la única que pedía vino en aquella barra, y solo por ella
compraban las botellas. Estaba cansada pero se veía tan contenta como siempre,
su pelo suelto y largo se veía más brillante que nunca, sus labios carnosos
color rosado sonreían y sus ojos se veían pensativos, como recordando un
momento grato. A lo lejos se escuchaba la algarabía de los muchachos del pueblo
mientras jugaban billar, y el jukebox tocaba canciones bien gringas. Ella
estaba allí, mirando a lo lejos como todos los días, pensando en historias
inventadas, imaginando.
De
momento, de la nada, apareció él y cuando lo vio su corazón comenzó a latir un
poco más rápido de lo normal. Ahí estaba, con su barba, sus ojos achinados, su
camisa a cuadros, su porte de chico guapo. Ella lo miraba siempre, pero de
lejos, desde muy, muy lejos. Le parecía interesante y aunque lo percibía como
arrogante y cascarrabias le gustaba ver como él se reía de la vida. Pocas veces
le daba las buenas noches si es que se topaban de frente, él la intimidaba,
para ella alguien como él no la miraría como ella deseaba, no porque no fuera
interesante, sino porque jamás pensaría ser lo suficientemente intrigante como para
que él la mirara.
Tomó un
sorbo de su copa y trató de disimular que su presencia la ponía nerviosa. El
esperaba su vodka cuando la miró y le sonrió. Ella se mordió los labios y él se
le acercó. “¿Te he visto por aquí verdad?”, ella asintió con la cabeza, su
sonrisa se tornaba nerviosa, lo sentía tan cerca que hasta podía distinguir el
olor de su perfume. Él se acercó más aún, como interesado en escucharla. Y
ella, luego de una copa más, comenzó a hablarle... y no se detuvo. Esa noche
hablaron de la vida, de sus vidas. Se sinceraron un poco, se despidieron, los
dos intrigados y con ganas de hablarse más. Al otro día, a la misma hora, se
vieron allí en la misma esquinita. Ella nerviosa por la mera presencia de él, él
tranquilo porque con ella se sentía bien, ella libre, como si con él pudiera
ser quien ella quisiera, era una química extraña, de esas que asustan porque
sabes que son espontaneas.
Aquella noche hablaron de tesoros, de piratas, de
secretos, de refugios imaginarios, de su niñez, hablaron de música, se miraron con deseo, sonrieron, se
sinceraron un poco. Al final de la noche, justo cuando la acompañó a su carro,
allí frente a la puerta, le robó un beso y en ese instante a ella se le escapó
un pedacito de alma….y supo que aunque no lo volviera a ver jamás, nunca lo
olvidaría.